POR
JUAN IGNACIO LUCA DE TENA
PERSONAJES
- Francis
- Pepe
- María Vela
- Pepito
- Anita
- Percy
- Doña Petra
- Un Criado
- Don José
- Un Enfermo
Amplia estancia que sirve de despacho y salón de estar al insigne doctor Don José de la Riva ("DON José"), clínico general, famoso investigador e ilustre literato, miembro de número de las Reales Academias Española, de la Historia, de Medicina, de Bellas Artes de San Fernando y de Ciencias Morales y Políticas. Grandes bibliotecas cubren las paredes. En primer término derecha hay una puerta que comunica con habitaciones interiores. Entre el lateral derecha y el foro, en chaflán (1) un hueco, lo más amplio posible, que da a la clínica propiamente dicha, separada del resto de la escena por grandes cortinas practicables. En el centro del foro, la puerta de entrada que da a un vestíbulo. En el lateral de la izquierda, un amplio ventanal. Muebles lujosos y de buen gusto. En primer término derecha, tresillo inglés tapizado de terciopelo. A la izquierda, la mesa de despacho está cerca del ventanal y colocada de forma que cuando Don José se sienta ante ella se encuentra de perfil respecto al público. Dos sillones, uno a cada lado de la mesa. Un cuadro de mérito, donde quepa. En la clínica (foro derecha), una cama de reconocimiento, aparato de rayos X, mesita con instrumental, una peana redonda y una silla; todo blanco. Media la tarde de un día de primavera. Al levantarse el telón, las cortinas de la clínica están abiertas.
(Don José, de bata blanca, sale de
la clínica con un enfermo y le acompaña
hasta la puerta del foro, donde le
despide.)
DON José.-Adiós. Esté usted
tranquilo y no cambie nada el régimen
que le puse. Vuelva usted dentro
de un par de meses.
ENFERMO.-¿Tanto tiempo?...
DON José.-El necesario para que
mejore usted más. Hoy lo he encontrado
a usted muy mejorado.
ENFERMO.-(Con la cara iluminada.)
¡Gracias, doctor!
DON José.-¡Adiós…! (El enfermo
se va. Don José se encamina a
su mesa, se sienta, coge un tarjetón
y se pone a escribir. Luego llama:)
¡Anita! (Anita es la enfermera; una
mujer agraciada de treinta y tantos
años. Sale de la clínica, también de
bata blanca.)
ANITA.-Mande usted, don José.
DON José.-(Escribiendo.) Espere...
Tome: añada usted esta nota
a la ficha de ese enfermo. ¿Sabe
usted cómo se llama?
ANITA.~¿Ese que acaba de salir?
Sí, señor: don Felipe Garrido.
¿Lo ha encontrado usted peor, verdad?
DON José.-No vivirá dos meses.
Los hay que vienen a verle a uno
con la dirección equivocada. Acuden
al médico cuando debían ir al
sepulturero.
ANITA.-Así es. (Mientras Don
José trabaja ante su mesa, Anita con
la nota en la mano, se acerca a un
mueble fichero, lo abre, busca.)
G..., G..., G... ¡Aquí está la G!
DON José.-( Dando un grito.)
¿Qué es esto?
"Te quiero por lo bonita,
ANITA.-jJa, ja, ja!
Company", de Nueva York.
periódico.)
DON José.-Si no me hablas, no.
(Pausa.) Estoy esperando a Mr.
Grey.
PEPE.-¡No me hables! (Reacción
retardada.) ¿Eh, aquí? ¡Si me dijiste
que no había llegado a Madrid!
DON José.-Y no llegó, en efecto,
esta mañana, cuando yo fui a
esperarle al único avión de línea
procedente de Nueva York que pasaba
hoy por Barajas.(6)
PEPE.-¿Entonces. . . ?
DON José.-Su secretario me ha
telefoneado desde el Palace.Han
venido en un avión particular. . .
PEPE.-¡Córcholis! Como Truman.(7)
¿Sabes que ese Mister Grey
debe tener más millones que pelos
en la cabeza?
DON José.-Pero me temo que
no llegaremos a un acuerdo. Yo
siempre pensé que todo el material
y las instalaciones fueran de la casa
"Grey and Company". No los hay
mejores. En eso no habrá dificultad.
¡Pero esos millones que ofrecen…!
¿Con qué condiciones? Porque comprenderás
que, aun teniendo en
cuenta el dinero que hemos logrado
aportar hasta ahora, si Mr. Grey
nos da un millón de dólares, que
son casi, o sin casi, cincuenta millones
de pesetas, se convierte ipso
facto en el dueño absoluto de nuestro
hospital; él o su sociedad. ¿Qué
me van a pedir a cambio? Esta es
la cuestión.
PEPE.-Mira, nene: tú eres un
sabio, una gloria nacional, y yo no
soy más que tu padre, ton vieux
père,(8) que diría monsieur Pinay.
consejo?
Pepe.
don José.
cuando tu padre vino al mundo, para
"Te quiero por lo bonita,
PEPE.-¡Eh, tú, que ese cuaderno
Don José queda muy serio
divierte, papá?
años.
carambainas!
unos versos?
clínica.
¡Me has salvado!
tuyos!
has conocido?
y de los Quintero.
has conocido a la Bella Otero! (18)
el coche.
se vaya.
PEPITO.-¿No sales, papá?
DON José. No. Espero a Mister
Grey.
PEPITO.-¡Uy, Mister Grey! Tengo
unas ganas de conocerle. .. Deber
ser un tío (19) extraordinario.
DON José.-Mañana le convidaré
a almorzar con nosotros.
PEPE.-Si viene.
DON José.-Sí: viene.
PETRA.-¿Qué queréis comer?
PEPE.-A mí me da lo mismo.
PEPITO.- Y a mí.
DON José.-Lo que tú quieras.
PETRA.-Bueno. Le he dicho a la
cocinera que ponga primero consomé
frío, que le gusta al niño.
PEPE.-¡Pero a mí, no!
DON José.- Y que no es época
de consomé frío: caliente.
PEPE.-No, sopa.
PEPITO.-¡Odio la sopa!
PETRA.-¿Pero no decíais que os
daba lo mismo?
PEPE.-Tú tienes la culpa, mujer.
¡Si no detallaras. . . !
PETRA.-Si no detallara luego la
tomábais los tres conmigo. (20)
Después pensaba poner frito variado.
DON José.-¡Muy bien!
PEPE.-¡Muy mal! Pero, hijo de
mi vida, ¿no me estás diciendo siempre
que los fritos son veneno para
mi hígado?
DON José.-Te lo digo como médico.
Ahora estamos en la intimidad
doméstica.
PEPE.-¡Ya! En la intimidad doméstica
no te importa que reviente.
DON José.-¡Qué cosas dices! Los
que te hacen daño son los que tomas
por ahí en los bares y en los
cocktails con las copitas de manzanilla. (21)
Por un día no te va a pasar
nada si comes frito en casa.
PEPE.-¡Ah, bueno! Ya lo has oído,
Petra: ¡frito!
PEPITO.-¡Frito, frito!
PEPE.- Y para postre dame manzanilla,
pero en taza, ¿sabes?, de la
de Aragón.
PETRA.-Para postre pensaba daros
natillas con bollitos de leche al
horno.
PEPE.-¡Hombre, bien!
DON José.-Buena idea.
PEPITO.-jMagnífica!
PEPE.-Las generaciones se rinden
ante tus natillas y tus bollitos de
leche.
PETRA.- Yo, para que una vez siquiera
estuvierais de acuerdo.
PEPITO.--Con mis natillas lo consigues
siempre. ¡Eres un hacha, (22)
Petra!
tarjeta en una bandeja de plata.)
la Riva... Ahora, profesor, no. Al
and Company".
que soy.
mí. .
cicerone.
¡Mi padre!
dos algunas notas.
mi fundación...
acaso. . . ?
ustedes.
es usted...
a parte de ella.
los sitios. . .
Retiro. . .(23)
mañana, doctor.
de esquina, une dos superficies planas
que forman ángulo
[2] señorito - hijo de persona de
representación; también, a veces por
extensión, persona acomodada y ociosa.
[3] garbo sandunguero - moviéndose
con gracia.
[4] estoy sofocadísima - estoy avergonzada
[5] La Codorniz - revista cómica.
[6]Barajas - aeropuerto internacional
que sirve a Madrid y alrededores;
población de España cerca de Madrid.
[7] Como Truman - hay que recordar
que la comedia ocurre durante
el gobierno del presidente norteamericano.
[8] ton vieux père - tu viejo padre
[9] se…bola-papá ha creído nuestra mentira
[10] ¡Bestial! – magnífica; estupenda.
[11] más hechas-más maduras
[12]tomar estado-casarse.
[13]¡Hola!-¡Ah!
[14]Guerra y Lagartijo-famosos
toreros, el primero Rafael Guerra
(1862-1941); el otro Rafael Molina
(1840-1900) apodado Lagartijo.
[15] Echegaray-dramaturgo español
(1832-1916); Premio Nobel, 1904.
Típico del gusto de su época.
[16] El gran galeoto-obra famosa
de Echegaray.
[17] Belmonte-Luis Belmonte Bermúdez
(1587-1650) dramaturgo clásico
español.
[18] La Bella Otero-Bailarina española
de deslumbrante belleza
[19] tío-tipo, personaje.
[20] La tomabais…conmigo-pelearíais
conmigo.
[21] manzanilla-vino blanco de
Andalucía.
[22] ¡Eres un hacha...!-¡eres muy lista!
gran parque en la parte sudeste
de Madrid
SEGUNDO ACTO
La misma decoración del anterior. Las cortinas de la clínica están abiertas. Es por la tarde, con luz del día, y se hace de noche durante el acto. Cuando se levanta el telón no hay nadie en escena. A poco sale ANITA de la clínica -foro derecha- y cierra las cortinas. Así la sorprende PETRA, llega por el centro del foro.
PETRA.-¿Todavía está usted aquí?
Creí que se había usted marchado
hace tiempo.
ANlTA.-Estoy esperando a que
termine la reunión, por si el doctor
quiere algo de mí.
PETRA.-No creo que tarden. La
comida es hoy a las nueve.
ANITA.-¿Tan temprano?
PETRA.-¿No ve usted que viene
la americana, que no le gusta comer
tarde? Es lo que yo digo: si no le
agradan las horas corrientes de la
casa donde la convidan, pues que no
venga.
ANlTA.-¿Querría usted que faltara
a una comida en su honor?
PETRA.-jEn su honor! Yo no sé
cuántas comilonas llevamos ya en
su honor: cada lunes y cada martes.
Desde que llegó hace tres meses.. .
ANlTA.-El festín de hoy es más
oficial: con todos los señores del
Patronato. . .
PETRA.-Por eso creo que no tardarán
en acabar la junta. Ya se han
ido algunos. Tendrán que vestirse
para la comida.
ANITA.-¿Ah, es de gran gala y
todo?
PETRA.-Por lo visto. Viene hasta
un ministro. El patrón me encargó
que le prepara el smoking. Y a eso
voy.
ANlTA.-Oiga usted, Petra: ¿y va
a estar ella sola entre tantos
hombres?
PETRA.-¡Y la señora condesa de
Vela. . .! ¿Qué creía usted?
ANITA.-Cierto. ¿Cómo iba a faltar
ésa, tampoco...?
PETRA.-¡Es del Patronato. . .!
ANITA.-¡Claro, claro...!
(Sale Pepito por el foro. Está menos
aniñado que en el acto anterior.
Su indumentaria es la corriente de
cualquier hombre distinguido.)
PEPITO.-¡Hola. . . !
ANITA.-Buenas tardes.
PETRA.-¿Ya estás aquí, tú?
PEPITO.- (De mal humor.) Así
parece. Si me ves en casa, señal
de que no estoy en la calle.
PETRA.-¡Jesús, que genio! Te estás
poniendo de un modo. . .
PEPITO.-Eso a ti no te importa.
quejaros!
reconoces.
enterarse.
momento.
ya lo sabes.
sinceramente que yo te quiero mucho
no te veo.
este botón.
de nuestro hogar.
subidas.)
PEPE.-¡Pero que muy buenas!
mucho eso.
¡Tardes!
contigo. . .
aquietar mi angustia!
esta atmósfera.
atmósfera? .
de Vela.
de tarde.)
eso sí.
todos?
conozco.
esa... esa infamia? ¿Quién ha contado
señor! (26)
vestir.
quieras, José.
manos temblorosas.)
condesa?
de la mesa.)
que salía y. . .
cosas. . .
yo siento!
es usted.
usted vende.
mujeres de acuerdo.
condesa!
deseo: el de retorcerme el pescuezo.
admirativo.)
diferente tono.)
estás aquí?
Francis.
paciencia!
mío.
casa, María?
somos Anita y yo!
Francis. . .
al llegar.
Viene con abrigo puesto y sombrero,
que se quita al entrar en escena.)
el telón.)
FIN DEL SEGUNDO ACTO
La misma decoración de los anteriores. Es por la tarde y con bastante luz. Al levantarse el telón está sola en escena MARÍA VELA, cansada de esperar y muy nerviosa. Aparece sentada en el sofá y mira su reloj de pulsera por dos veces. Después se levanta y toca un timbre. Sale el CRIADO por el foro.
CRIADO.-¿Ha llamado la señora?
MARÍA.-Sí. ¿Tiene usted buena
hora? Porque yo creo que mi reloj
va mal.
CRIADO.-Son las seis menos veinte,
señora condesa.
MARÍA.-¡Ah, pues iba bien!Nada
más, gracias. (El Criado se retira.
María vacila un momento y al fin
se acerca a la clínica cuyas cortinas
están abiertas.) ¡Anita!
ANITA.-(Saliendo de la clínica.)
¿Señora condesa?
MARÍA.-Mire usted, yo creo que
me voy a marchar. Sí, porque llevo
media hora esperando y ese
hombre no viene.
ANITA.-Ya le he dicho a la señora
condesa que no creo que vuelva
en toda la tarde. A las siete
tiene sesión en la Academia de Medicina,
y a la hora que es ya. . .
MARÍA.-¿Usted qué haría?
ANITA.-Yo que usted, me iba.
MARÍA.-¿Y usted qué usted?
ANITA.-No entiendo. . .
MARÍA.-Pues está bien claro. A
mí no me interesa saber lo que haría
usted si fuera yo, sino lo que haría
usted misma.
ANITA.-¡Ahora lo entiendo! Yo
no tengo más remedio que esperar,
señora condesa. Es mi obligación. . .
y mi sino.
MARÍA.-¿Esperar lo que se sabe
que no ha de llegar nunca?
ANITA.-Ahí verá usted. ..
MARÍA.-Sí, es una filosofía como
otra cualquiera. Eso se llama vivir
de esperanzas.
ANITA.- Puede. Pero me consuelo
pensando que vale más vivir de
esperanzas sin fundamento, que de
realidades truncadas.
MARÍA.-¿Qué quiere usted decir?
ANITA.-Lo que he dicho: una filosofía
más sobre la vida.
MARÍA.-¿Por qué es usted agria
conmigo, Anita? Yo soy su amiga.
Dígame, en confianza: ¿qué pasó
anoche aquí?
ANITA.-¿Anoche. . . ?
MARÍA.-Sí, después que nosotras
nos fuimos. Durante la comida
o antes.
ANITA.-No tengo idea. . .
MARÍA.-Uno de los comensales,
Paco Gereda, me ha dicho que
aquello parecía un velatorio. Caras
largas, conversación desanimada.
Apenas tomaron el café, la americana
dijo que se encontraba indispuesta
y se marchó.
ANITA.-No sabía. . .
MARÍA.-¿El doctor estaba hoy
muy contento...?
ANITA.-¡De un humor de todos
los demonios! Digo, si es que los demonios
suelen tener mal humor.
MARÍA.-¡Ya!
(Sale Pepe por la primera derecha.)
PEPE.-¡María. ..! ¿Pero estabas
tú aquí? No sabía. . .
MARÍA.-¡Hola, Pepe! Más de
media hora llevo esperando a tu
hijo.
PEPE.-Me choca. (Anita vuelve
a la clínica dejándolos solos.)
MARÍA.-¿El qué?
PEPE.-Lo primero, verte dos
días seguidos por esta casa. Tú no
sueles frecuentarla.
MARÍA.-Es verdad. Ayer vine a
la reunión del Patronato y hoy a la
consulta, como una cliente cualquiera.
PEPE.-¿Enferma, tú? ¡Si estás
como una rosa! Aparentemente, al
menos...
MARÍA.-Gracias. Pero la consulta
no era para mí. Marcelo no se
encuentra nada bien, ¿sabes?
PEPE.-¿Tu marido? ¿Qué tiene?
MARÍA.-Pues en realidad no lo
sabe. . ., no sabemos. Dolores de cabeza.
PEPE.- Ya. ¿Y has venido a ver
si mi hijo le encuentra la causa?
MARÍA.-Eso es, a consultarle.Y
a pedirle que vaya a ver a Marcelo.
Pero Anita me ha dicho que José
ha suspendido hoy todas las consultas
y que no vendrá.
PEPE.-¡Ah! No sé.
MARÍA.-¿Qué pasa aquí, Pepe?
PEPE.-¿Aquí? Pues, hija, yo no
sé que pase nada.
MARÍA.-Sí, sí, algo pasa. ¡ Y gordo!
No sé qué me han dicho de
la comida de anoche. .. José no me
ha llamado esta mañana por teléfono;
quedó en llamarme. Tampoco
ha ido al hospital esta mañana, ni he
logrado encontrarle por ninguna
parte...
PEPE.-(Torciendo el gesto.) ¡Vaya..!
MARÍA.-¿Ves? Te preocupa lo
que te he dicho.
PEPE.-No, hija, no. Preocuparme,
no demasiado, palabra. Es que
recapacito. Relaciono cuanto acabo
de oírte con otras actitudes, con
otros. .. ¡Bueno, yo me entiendo!
Tampoco yo tuve anoche una cena
muy divertida.
MARÍA.-¿Con quién comiste?
PEPE.-Con un amigo, a quien tú
no conoces. ¡Pero hay coincidencias!
Todo lo cual viene a darme la
razón -alguna vez había yo de tener
razón- en una idea que desde
hace veinticuatro horas tengo metida
en la cabeza. (Misteriosamente.)
Aquí.. .
MARÍA.-¿Qué... ?
PEPE.-¡Aquí hay miasmas!
MARÍA.-¿EI qué?
PEPE.-Miasmas. Efluvios malignos
y sutilísimos que enrarecen el
aire. ¡Habrá que espantarlos, como
a los mosquitos! (Da unos manotazos
en el aire y, sacando su pañuelo
lo sacude para espantar a los miasmas.)
MARÍA.-¡Ja, ja, ja! Eres único.
PEPE.-Mira, otra desventaja que
tengo. Sí, porque si no fuera único,
siempre procuraría ser otro.
MARÍA.-Bueno, Pepe: tu conversación
es deliciosa y tus paradojas
divertidísimas, pero yo tengo que
irme. Si por casualidad ves a tu ilustre
hijo, dile el tiempo que le he
estado esperando.
PEPE.-No se me olvidará, descuida.
A tus pies, María.
MARÍA.-Adiós. (Medio mutis.)
PEPE.-¡Ah!
MARÍA.-(Volviendo.) ¿Qué?
PEPE.-Recuerdos a Marcelo.
MARÍA.-Gracias.
(Se va por el foro. Pepe, solo en
escena, vuelve a espantar a los miasmas
a manotazos y con su pañuelo.
Pequeña pausa. Por el foro sale el
Criado.)
CRIADO.-Señor... ¡Señor!
PEPE.-¡Ah! ¿Qué?
CRIADO.-Ahí está la señora Grey.
Deseaba ver al señor.
PEPE.-¿A mí? ¡Carape!
CRIADO.-Sí, señor. Está en la salita
de espera desde hace un rato.
No quería que avisara. al señor mientras
estuviese aquí la señora condesa.
PEPE.-Lo creo. ¡Que pase, que
pase! (El Criado se va y a poco sale
Francis por el foro.)
FRANCIS.-¡Pepe. . .!
PEPE.-¿Cómo estás, mujer? ¿Qué
te ocurre?
FRANCIS.-Pepe: ¿tú me quieres
mucho, verdad?
PEPE.-¡Qué pregunta! Sí, hija,
sí. Todos en esta casa te queremos
mucho. En poco tiempo has llegado
a ser algo imprescindible en nuestras
vidas.
FRANCIS.-Ocurre algo muy grave,
Pepe; algo que es necesario que
tú sepas, y que lo sepas por mí. Primero
debo hacerte una confidencia.
PEPE.-¡Venga!
FRANCIS.- Tu hijo Y yo nos hemos
dicho anoche que nos queremos.
PEPE.-¡Ya! ¿Antes o después?
FRANCIS.-¿De qué?
PEPE.-¿De qué va a ser, mujer?
De la comida.
FRANCIS.-¡Ah! Antes. Pero desde
ese momento, tan ansiado por
mí, te lo confieso, hasta que llegaron
los primeros invitados, sucedió
algo insólito, inesperado, que todavía
me avergüenzo al recordarlo.
PEPE.-Comprendo: el niño. ¿Os
sorprendió, no es eso?
FRANCIS.-¿Eh? No tenía por qué
sorprender nada incorrecto. . .
PEPE.-Perdona. . .
Yo estaba un poquito emocionada.
¡Hacía tanto tiempo que
deseaba con toda mi alma que José
me dijera lo que acababa de decirme. . .!
Y, delante de su padre, sin
tener en cuenta más que mi propia
emoción, le pedí al chico que me
diera un beso.
PEPE.-¿Y te lo dio?
FRANCIS.-¿Que si me lo dio? ¡Y
cómo!
PEPE.-No sigas, lo comprendo
todo. Yo hubiera hecho lo mismo.
FRANCIS.-¡Pepe!
PEPE.-¡Perdóname otra vez, mujer,
no me has entendido! He querido
decirte que no es preciso que
sigas violentándote para explicarme;
que yo lo comprendo todo, porque
el muchacho y yo..., desgraciadamente
para él, somos iguales.
FRANCIS.-(Perdiendo un poquito de
confianza.) ¿Ah, sí, eh?
PEPE.--Sí. Ha sido un salto atrás:
como el de esos niños, hijos de blancos,
que a lo mejor salen a un abuelo negro. ..
FRANCIS.-¡Buen negro estás tú
hecho!
PEPE.-Mi nieto es como yo era
hace. . ., bueno, no quiero recordar
los años que hace: cuando yo tenía
los que él tiene ahora.
FRANCIS.-Pues la cosa no puede
ser más desagradable.
PEPE.-¿Qué quieres? El chiquillo
se ha enamorado de ti como un
De Grieux.(30)
FRANCIS.-¡Yo no tengo la culpa!
PEPE.-Lo reconozco. La tengo
yo.
FRANCIS.-¿Tú?
PEPE.-Sí, porque de casta le viene
al galgo... ¡No te asustes otra
vez! Hija, yo ya no tengo edad para
enamorarme de nadie. ¡Ni siquiera
de ti! Cuando empecé a darme cuenta
de la creciente inclinación de José
por ti, y de que tú le correspondías,
mi viejo corazón se llenó de alegría.
¿Qué más puedo yo desear, sino que
mi hijo se cree nuevamente un hogar
tranquilo y feliz y que se deje
para siempre de ciertos amoríos, que
no le hacen ningún provecho? Yo,
en teoría, soy un moralista. Pienso
que esta casa necesita una mujer.
¿Y cuál mejor que tú?
FRANCIS.-No sabes lo que te
agradezco esas palabras. .. Pero...
-y es lo que he venido a preguntarte-,
¿acaso tengo yo derecho,
en vez de ser una mensajera de paz,
a traer la guerra a esta casa? Y,
por otra parte, si José me quiere
como dice, si cree que mi amor ha
de ser su felicidad, ¿puede renunciar
a ella por un capricho de su
hijo? Porque no es más que un capricho,
una fiebre que se le pasará
en cuanto crezca un poco y encuentre
una muchacha de su edad
que le mire con ojos tiernos.
del chico ha venido a complicarlo
todo. (Sale don José por el foro.)
DON José.-Buenas tardes.
PEPE.-¡Hombre, por fin. . . !
DON José.-¡Francis. . .! ¿Me esperabas?
FRANCIS.-La verdad, no. Había
venido a ver a tu padre.
PEPE.-En efecto. Y como ya me
ha visto y me ha dicho lo que tenía
que decirme, os dejo para que te lo
diga a ti.
FRANCIS.-Hasta luego, Pepe. Y
muchas gracias...
PEPE.-¡Mujer. . .! (Se va por la
primera derecha.)
DON José.-¿Le has dicho. . .?
FRANCIS.-Todo. ¿Hice mal?
DON José.-No, Francis. Cuanto
tú hagas, a mí me parecerá siempre
bien...
FRANCIS.-¿Pero es posible este
amor nuestro, José? ¿No temes que,
necesariamente habremos de renunciar a él?
DON José.-¡Yo no renuncio a ti
por nada ni por nadie! Si tú me
quieres, Francis, lo demás. . ., no te
diré que no me importa, mentiría;
me duele en el alma y hasta en mi
carne la ofensa recibida, más que
si hubiera sido una bofetada. . .
FRANCIS.-Pero esa carne tuya,
José, es la de tu hijo. Y, eso, no podemos
olvidarlo ni tú ni yo.
DON José.-¿Crees que yo lo olvido?
Pues si no se tratara de mi
propio hijo, ¿había yo de refrenar
mis impulsos, contra quien me disputa
tu cariño y que se atreve, en mi
presencia, a lo que él se ha atrevido?
FRANCIS.-¿Ves tú? Te proponías
convencerme de que si yo te quiero,
lo demás tiene poca importancia. Y
eres tú el que se la da. Yo empecé
reconociéndola, pero, probablemente,
por distintos motivos. A ti te ha
sublevado, y es natural, un hecho
aislado y lamentable, que los dos
tendremos que olvidar. A mí me
preocupaban ya las causas que lo
han motivado: la actitud de tu hijo,
su fiebre, su locura... ¡Esto es lo
que puede separamos!
DON José.-¡No! Hablabas antes
de renunciar. ¿Por qué? Es muy bonito
y muy literario eso del renunciamiento.
Pero en la realidad
de la vida no he conocido un solo
hombre capaz de renunciar a la mujer
que quiere si la quiere de veras:
con toda su alma y todos sus sentidos,
como yo a ti. ¡Y si los hay,
yo no soy de ellos! Tengo derecho
a rehacer mi vida, he tenido la suerte
inmensa de encontrar una mujer
como tú, y no estoy dispuesto a perderla
porque a mi niño se le hayan
subido tus encantos a la cabeza. No
puedo perderte, ¿lo oyes bien...?
¡No quiero perderte!
FRANCIS.—(Emocionada como él.)
¡José. ..! Tampoco yo te quiero perder
a ti. . .
DON José.-Entonces, Francis. . .
FRANCIS.-Yo también soñaba en
ser la mujer de este hogar vuestro,
en el que, para colmo de dicha, no
iba a faltar ni el hijo desde el primer
momento. Porque yo quiero a
ese niño, José... Lo quiero ya,
por ser hijo tuyo, y llegaré a quererle
como un madre, estoy segura. . .
DON José.-Como a una madre
tendrá que acostumbrarse a mirarte
desde hoy mismo.
FRANCIS.-Si yo te dijera. . .
DON José.-¿Qué?
FRANCIS.-No sé... ¡Hace tanto
tiempo...! Iba hablarte de un
sentimiento mío. Durante los dieciséis
años que ha durado mi ausencia
de España, tú has sido la ilusión
de mi juventud. .. Cuando nos encontramos
en este mismo cuarto,
hace unos meses, te hablé del día
que te conocí, en el pisito que tenían
mis padres en la calle de Goya,
cuando mi madre agonizaba y tú la
salvaste. Aquel día, te he dicho alguna
vez que empezó mi veneración
por ti; pero ahora comprendo que
lo que dio comienzo aquel día...
fue mi amor por ti.
DON José.-Mi vida... (Le acaricia
el cabello. En este momento
sale Pepito por el foro. Queda un
momento en la puerta, vacilante)
PEPITO.-Perdón. ., (Va a irse.)
FRANCIS.-¡No, no te vayas...,
quédate!
DON José.-No, perdona. (Con
violencia a su hijo.) ¡Vete!
FRANCIS.-¡Por Dios, José, te lo
suplico. . .! Déjame sola con él, por
favor; sal tú.
DON José.-¡No!
FRANCIS.- Te lo pido por lo que
más quieras; por nuestro amor...
¡Déjame a mí con él ahora!
DON José-¡Está bien! (Don José
se va por la primera derecha.
Quedan Francis y Pepito frente a
frente)
PEPITO.-¿Qué quieres de mí?
FRANCIS.-(Muy nerviosa.) Déjame
antes tranquilizarme un poco. . .
Y tú también. . .
PEPITO.-Yo estoy muy tranquilo.
FRANCIS.-¿Tú crees? ¡Loco de
atar es lo que estás! ¿Pero te das
cuenta, hijo...?
PEPITO.-¡Yo no soy tu hijo!
FRANCIS.-Perdona, hombre.
PEPITO.-Así está mejor.
FRANCIS.-Cuando pasen unos
años. .. ¿qué digo años? semanas. . .,
días, y recapacites sobre tus
actitudes de ahora, te avergonzarás
tú mismo.
PEPITO.-¡Es posible!... Pero,
hoy por hoy, soy fiel a mí mismo.
Dices que estoy loco y es verdad.
¡Estoy loco por ti, tú lo sabes!
FRANCIS.-¡Pero yo no tengo la
culpa! Como no soy responsable, no
debo ser la víctima. Y tu padre, menos.
(A un movimiento de Pepito.)
Tu padre, sí, que te quiere tanto.
PEPITO.-¡Es posible...! ¿Pero
que tú no tienes la culpa de que yo
te adore? ¿Quién, si no?
hablar contigo.
DON José.-Pero yo contigo, sí.
Soy yo e1 que hablará. Tú no vas
a hacer más que escucharme... y
obedecerme.
PEPITO.-¿Qué quieres?
DON José.-Decirte que vayas
preparando tus maletas. Mañana
mismo sales para Londres.
PEPITO.-¡No!
DON José.-(Con firmeza.) ¡Sí!
PEPITO.-(Con rebeldía.) ¡No!
DON José.-(Con ira.) ¡Sí!
PEPITO.-(Con desconsuelo.) ¡No!
(Y se deja caer sollozando sobre una
butaca.)
DON José.-(Más suave.) Sí, hijo,
sí. No me obligues a emplear la violencia. . .
Ten piedad de ti mismo. . .
Vuelve en ti. . .(31)
PEPITO.-¡No puedo, padre!
DON José.-¡Te lo mando! Te lo
suplico. . .
PEPITO.-¿Qué culpa tengo yo de
todo lo que pasa? Me has tratado
como a un niño hasta hace pocos
meses. De pronto me soltaste en un
mundo que no conocía ni sospechaba.
Entré en él deslumbrado de la
mano de Francis. Ella me ha enseñado
a amar la vida y por ella puedo
agradecerte que me la hayas
dado. .. Antes de ella, yo no sabía
lo que era cariño, ni ternura, ni intimidad
entre una mujer y un hombre.
DON José.-Y al descubrir todo
eso, confundes lamentablemente tus
sentimientos y los de ella; te parece
un amor sublime lo que no es más
que un espejismo de tu inexperiencia.
PEPITO.-¡No... !
DON José.-¡Sí, hijo, sí! Y hoy
comprendo que yo soy el único culpable:
por no haber previsto a tiempo
lo que podía ocurrir y por haberte
abandonado en la edad peligrosa,
mientras egoístamente, sólo
pensaba en mi trabajo. Ahora, que
ya eres casi un hombre, empiezo
a preocuparme por ti, cuando tal
vez sea demasiado tarde. . .
PEPITO.-Empiezas a preocuparte
cuando, por primera vez en mi vida
te importa un sentimiento mío. . . .
DON José.-¡Ah, ya! ¿Y yo, qué?
¿Es que no tengo yo también mis
sentimientos? ¿Soy un trasto acaso. . ?
¡Ahora es cuando vamos a
hablar tú y yo de esa mujer! ¡Ahora!
PEPITO.-¡Papá... !
DON José.-¡Es necesario!
PEPITO.-¡Te lo suplico! No me
obligues a decirte. . .
DON José.-¡Habla. . .! ¡Di!
PEPITO.-Esa mujer me quería. . .,
¡diga ahora lo que diga!, me quería...
a mí. ¡Tú me la has quitado!
DON José.-¿Qué dices? ¡Ja, ja,
ja!
PEPITO.-¡No te rías!
DON José.-¿Qué?
PEPITO.-¡Que no quiero que te
rías!
DON José.-¡Pues no voy a reírme,
hombre! ¿Cómo quieres que no me ría?
PEPITO.-¡Me quería a mí! ¡Me
quería a mí! ¡Tú me la has quitado!
(Su padre le da una bofetada. Pepito
queda frente a él, apretando los
dientes y los puños. Sale Pepe por la
primera derecha.)
PEPE.-¿Qué pasa?
PEPITO.-(Echándose en sus brazos.)
¡Abuelo...!
PEPE. - (Abrazándole.) ¡Vamos. . .!
¡Vamos...! (Después de
un abrazo prolongado, Pepito se desprende
de su abuelo y huye precipitadamente
por la primera derecha.
Al quedarse solos el padre y el hijo,
aquél interroga a éste con la mirada.)
DON José.-Empecé notificándole
que mañana saldrá para Londres.Y
he tenido que acabar dándole un bofetón.
PEPE.-¿A tu hijo. . . ?
DON José.-A mi hijo, sí, que se
ha olvidado de que yo soy su padre.
PEPE.-¡Mal sistema, don José!
DON José.-¿Mal sistema? ¡Tú
qué sabes lo que acaba de pasar aquí,
ni lo que pasó anoche!
PEPE.-Perdona: lo de anoche me
lo sé de memoria, y lo de ahora
me lo figuro. Por eso puedo opinar,
con conocimiento de causa, que
empleas mal sistema.
DON José.-¡ Claro ! Como tú conmigo
no has empleado ninguno,
bueno ni malo, te tienen que parecer
mal todos los que yo utilice para
educar a mi hijo.
PEPE.- Yo habré sido un pésimo
educador, no te lo niego, pero la
muestra. . . Tú no me has salido del
todo mal, ¡vamos, al decir de la
gente! Volviendo a tu hijo, ¡que a
mí me da muchísima pena, esto es
aparte!, me creo en el deber de aconsejaros,
a los dos, un poco de prudencia,
y, a ti, que no te preocupes
demasiado por lo que no son más
que chiquilladas.
DON José.-¡ Chiquilladas ! Ahora
lo has calificado perfectamente:
¡chiquilladas! Me ha tratado como
si yo fuera un compañero de colegio
con quien se riñe por una modistilla,
¡y hasta con las mismas palabras!
PEPE.-Puede que tú le hayas dado
el tono.
DON José.-¿Yo?
PEPE.-¡Tú, sí! Los hombres
cuando se enamoran... -cuando
nos enamoramos, yo todavía soy
hombre-, solemos decir las mismas
tonterías a los quince años que a
los ochenta. El idioma del amor no
tiene edades.
DON José.-¿Tú crees?
PEPE.- Convencido, estoy. Aparte
de que no tienes excesiva razón para
quejarte de tu hijo, si es cierto
que te ha tratado mal, como no se
debe tratar a un padre. Será por el
ejemplo que tú le has dado. . .
DON José.-¿Yo te he tratado mal
a ti, alguna vez?
PEPE.-¡Hombre. . .! Como a un
compañero de colegio, desde luego,
no.
DON José.-¡Ah!
vida.
que nadie.
¡Vamos!
y llama:)
bandeja.)
clínica.
no estoy.
el periódico.)
la travesía Barajas-Nueva York,
de Manon Lescaut, de la novela por
l'Abbé Prévost.
piénsalo bien

