martes, 10 de febrero de 2009

Las babuchas fatídicas George Bush


LAS BABUCHAS FATÍDICAS

(Noches 604 y 605)

Cuento popularísimo en todo el Oriente islámico y que hoy mismo provoca la hilaridad de los públicos en los cafés y zocos en que actúan los recitadores.

Falta en la mayoría de las versiones.


PERO LA NOCHE 604 PROSIGUIÓ SU RELATO EN ESTA FORMA:


- He podido averiguar, ¡ye el sultán, el afortunado!, que allá en tiempos había en El Cairo un droguero, llamado Abu – l – Kásem – t – Tamburi, que era famoso por lo avariento.

Y dizque, aunque Alá le deparaba riqueza y prosperidad en sus negocios de vender y comprar, vivía y vestía como el más pobre de los pordioseros y no llevaba más que harapos y pingajos encima de su cuerpo.

Y su turbante era ya tan viejo y estaba tan sucio que no era posible adivinar su color primitivo, aunque lo que más pregonaba su tacañería eran sus babuchas, claveteadas con enormes tachuelas, pesadas como máquinas de guerra, con suelas más gordas que cabeza de hipopótamo y palas, que en los veinte años que las tales babuchas llevaban de ser babuchas fueran remendadas por los más diestros remendones del Cairo, que apuraron su arte para unir los trozos descabalados de aquel calzado.

Con todo lo cual las babuchas de Abu – l – Kásem llegaron a ser tan pesadas que en todo Mizr eran proverbiales y se las tomaba como término de comparación para expresar la pesadez de alguna cosa pesada.

Y así la gente, cuando un convidado se hacía el remolón en casa del anfitrión, solía decir de él: “Tiene tan pesada la sangre como las babuchas de Abu – l – Kásem.”

Y cuando un maestro de escuela, de la clase de los pedantes, se lanzaba a hacer alarde y gala de su ingenio, decía de él: “¡Alá espante al Malo! Tiene el caletre tan pesado como las babuchas de Abu – l – Kásem.”

Y cuando un alhamel se rendía bajo el peso de su carga, suspiraba y decía: “¡Alá maldiga el dueño de este fardo, que pesa tanto como las babuchas de Abu – l – Kásem!”

Y cuando en un harén una vieja matrona, de la casta maldita de las viejas gruñonas, trataba de impedir que las jóvenes esposas de su amo se divirtieran entre sí, decían las mocitas, indignadas y burlonas: “¡Así haga Alá que esta maldita vieja se quede tuerta!¡Es tan pesada como las babuchas de Abu – l – Kásem!”

Y cuando un manjar indigesto obstruía los intestinos y armaba en las tripas una tempestad al que lo había ingerido, solía el cuitado exclamar, invocando:

“¡Alá me salve! ¡Ese manjar maldito es tan pesado como las babuchas de Abu – l – Kásem!”

Y así, por este estilo, siempre que la pesadez pesaba, salían a relucir las babuchas de Abu-l-Kásem a fuer de proverbio.

Y sucedió un día entre los días que hubo el tal Abu – l – Kásem de hacer un negocio de venta y compra, más ventajoso de lo que solía, por lo cual se puso el hombre muy alegre y jovial; pero en vez de obsequiar a sus amigos con una alifara, más o menos opípara, según costumbre de los mercaderes, cuando Alá con un buen negocio les favorece, le pareció más conveniente ir a darse un buen baño en el hammam, donde no pusiera los pies jamás.

Y Abu – l – Kásem, pues, cerró su tienda y se dirigió al hammam, y, en vez de calzarse las babuchas, se las cargó a la espalda, que así solía hacer para no estropearlas, y, llegado que hubo al hammam, las dejó en el umbral, puestas en fila con las demás que allí había.

Y entró Abu – l – Kásem en el hammam a bañarse.

Y era tal la cantidad de grasa y cochambre que Abu – l – Kásem tenía metidas en la piel que frotadores y masajistas tuvieron que bregar lo indecible con él y no terminaron su tarea hasta que expiró el día, cuando ya se habían ido todos los bañistas.

Salió entonces Abu – l – Kásem del hammam y busco sus babuchas; pero, por más que hizo, no las pudo encontrar, aunque en lugar de ellas halló allí un par de babuchas de cordobán amarillo limón que eran un primor.

Y Abu – l – Kásem, al verlas, pensó de esta forma:

“Sin duda que Alá me las envía sabiendo la intención que hace tiempo tenía de comprarme unas parecidas. Si no es que su dueño se equivocó y, en vez de las suyas, se llevó las mías.”

Y Abu – l – Kásem, muy contento por no tener ya que comprarse un calzado nuevo, cogió aquellas babuchas de cuello amarillo y se fue tan tranquilo a su casa.

Y dizque las tales babuchas de cordobán amarillo limón eran las del cadí, que se hallaba todavía en el hammam, y el no estar allí las babuchas de Abu – l – Kásem era debido a que el encargado del alhama, al ver lo que apestaban el zaguán, diérase prisa a quitarlas de allí y ocultarlas.

Y después, al retirarse, cumplida la hora de su guardia, no se acordó de volver a poner las babuchas en su sitio adecuado y las dejó en donde las había ocultado.

Y luego que terminó de bañarse el cadí, los mozos del hammam, que se desvivían por servirlo, como es natural, buscaron sus babuchas y no las encontraron, y en vez de ellas hallaron en un rincón las fabulosas babuchas de Abu – l – Kásem, que en seguida reconocieron como tales.

Corrieron entonces los criados del hammam tras el mercader y lo alcanzaron y se lo llevaron al hammam con el cuerpo del delito cargado.

Tomó el cadí sus babuchas y mandó que le dieran a Abu – l – Kásem las suyas, y, a pesar de sus protestas, ordenó que lo metieran a la cárcel, lo que sus seides hicieron al instante.

Y Abu – l – Kásem, al verse en la cárcel, no tuvo más remedio, pese a toda su tacañería, que dar sus buenas propinas a guardias y vigilantes para no morirse allí de hambre, y, como estaba el mercader tan repleto de dinero cuanto podrido de avaricia y todo el mundo lo sabía, no fue poco lo que tuvo que aflojar para que lo pusieran en libertad.

Logró de esa suerte Abu – l – Kásem salir de la cárcel; pero tan afligido y despechado que, atribuyendo su desventura a sus babuchas, corrió a tirarlas al Nilo, para verse libre de su mal destino.

Y sucedió que días después, al sacar del agua unos pescadores la jábega, que pesaba más que de costumbre, encontraron en ella las famosas babuchas, que al punto conocieron, sin género de duda, ser las de Abu – l – Kásem, y advirtieron también, de pasada, con el consiguiente disgusto, que las tachuelas de sus suelas les habían estropeado las mallas de sus atarrayas.

Y los pescadores, llenos de rabia, corrieron con las babuchas a la tienda de Abu – l – Kásem y allí se las arrojaron, llenándole de maldiciones a su propietario.

Pero vio Scharasad venir la mañana y cortó el hilo de sus elocuentes palabras.


Y LA NOCHE 605 SIGUIÓ DICIENDO LA MUCHACHA


- Tengo entendido, ¡ye el monarca, el afortunado!, que los pescadores, llenos de rabia, corrieron a la tienda de Abu – l – Kásem y allí le tiraron sus babuchas, llenándolo de maldiciones.

Y dizque, al tirarlas allí con violencia, fueron a dar en los frascos de agua de rosas y otras esencias que había en los anaqueles y los derribaron, haciéndolos mil pedazos.

Y al ver aquello Abu – l – Kásem su dolor llegó al extremo y no pudo menos de exclamar con enojo:

- ¡Ah, babuchas malditas, hijas de mi trasero, que no me producís más que desavíos y contratiempos!

Y Abu – l – Kásem cogió las babuchas y fue a su jardín y se puso a cavar un hoyo para enterrarlas allí.

Pero un vecino suyo, que estaba resentido con él, aprovechó la ocasión para vengarse y corrió desalado a advertirle al guali que Abu – l – Kásem estaba desenterrando un tesoro en su jardín.

Y como el guali conocía de antiguo la fama de rico y avariento que tenía el droguero, no dudó un momento que fuera verdad aquel cuento, y despachó en seguida unos guardias para que se fueran a prender a Abu – l – Kásem y a su presencia lo llevasen.

Fueron luego allá los guardias, y por más que Abu – l – Kásem se desgañitara jurando y perjurando no haber hallado tal tesoro en su jardín y que lo que estaba haciendo era enterrar sus babuchas allí, no pasó a creerlo el guali y persistió en tenerlo detenido, hasta que el droguero, consternado, aflojó la bolsa y dio al guali una fuerte suma, gracias a lo cual consiguió que lo pusieran libertad.

Y dizque fue tal el dolor que aquello le causó al droguero que, luego que se vio en libertad, empezó a mesarse las barbas, a impulsos de la desesperación, y, cogiendo sus babuchas, decidió deshacerse de ellas fuera como fuera.

Y echó a andar con sus babuchas de acá para allá, sin rumbo fijo, y pensando en el modo mejor de deshacerse para siempre de aquellas babuchas malditas, hasta que optó, finalmente, por tirarlas al agua de un canal que había en medio de un campo, muy lejos de la ciudad.

Arrojó Abu – l – Kásem sus babuchas al canal del agua y dio por seguro que no las volvería a ver más.

Pero quiso su sino que el agua del canal arrastrase sus babuchas hasta la boca de una aceña, cuyas ruedas se movían a impulsos de ella, y las babuchas se engancharon en las ruedas del molino y las hicieron saltar y fueron causa de que se pararan.

Acudieron luego los molineros a reparar el daño y vieron cómo éste era debido a haberse enganchado en las ruedas aquellas babuchas gigantescas y las sacaron de allí, y en seguida las reconocieron como las babuchas de Abu – l – Kásem, el droguero.

Y fueron con la queja al guali, el cual mandó prender nuevamente a Abu – l – Kásem y lo condenó a abonar a los dueños de la aceña una indemnización por los daños y perjuicios que les había causado, más una fuerte suma que, en concepto de fianza, hubo de pagar para recobrar su libertad.

Y, al dejarlo luego partir, devolvióle sus babuchas el guali.

Quedóse entonces tan perplejo el malhadado Abu – l – Kásem que, de regreso a su casa, subióse a su azotea y se recostó en el pretil y se puso a reflexionar profundamente sobre lo que le ocurriera y lo que hacer debiera.

Y dizque el droguero pusiera sus babuchas cerca de él en la azotea, aunque volviérase de espaldas, para no verlas.

Y hete aquí que dio la casualidad de que, precisamente en aquel momento, el gozquecillo de uno de sus vecinos hubo de ver las famosas babuchas y desde la azotea su amo lanzóse a la de Abu – l – Kásem, y cogió una de las babuchas en su boca y se puso a jugar con ella, y, estando en lo mejor de su juego, fue el perro y le tiró la babucha al aire, lejos, y por obra del sino vino a darle en la cabeza a una vieja que en aquel preciso instante pasaba por la calle, y el peso tan tremendo de aquella babucha, bardada de hierro, aplastó a la anciana, dejándola más ancha que larga.

Pero los parientes de la finada examinaron la babucha y en seguida reconocieron ser la babucha de Abu – l – Kásem, el droguero, y fueron con ella a quejarse al guali, reclamando ante él el precio de la sangre de la difunta o la muerte de Abu – l – Kásem.

Y el guali, con arreglo a la ley, condenó a Abu – l – Kásem a pagarles a los parientes de la interfecta el precio de la sangre.

Además de lo cual tuvo Abu – l – Kásem que abonar una fuerte suma en concepto de fianza para que lo pusieran en libertad.

Y el desmalazalado de Abu – l – Kásem regresó a su casa, pero ya tenía su resolución tomada.

Así que cogió sus babuchas nefastas y tornó a casa del cadí, y, levantando sus babuchas por encima de su cabeza, exclamó con una vehemencia que hizo reír al cadí y a cuantos se hallaban allí:

- ¡Ye mi señor el cadí! ¡He aquí la causa de todas mis desgracias, y, por su culpa, no tardaré en verme en la ruina, obligado a mendigar en el patio de las mezquitas! ¡Ruégote, pues, te dignes publicar un bando diciendo que Abu – l – Kásem deja ya de ser dueño de estas babuchas y se las regala a quien quiera tomarlas, quedando en adelante a salvo de toda responsabilidad por los nuevos desastres que puedan causar!

Y Abu – l – Kásem, después de hablar así, tiró las babuchas en medio de la sala de audiencia y huyó de allí descalzo, en tanto todos los presentes rompían a reír, de un modo tan violento, que se caían sobre sus traseros.

Pero ¡Alá es el que más sabe! Sharí’a


TOMADO DE LAS MIL Y UNA NOCHES TOMO 3 ED. AGUILAR 1983 TRADUCCIÓN DE R. CANSINOS ASSENS



El LLEVAR LOS ZAPATOS


Dos hombres piadosos y meritorios entraron juntos en una mezquita. El primero se quitó los zapatos y los colocó ordenadamente, uno junto al otro, en la entrada. El segundo se los quitó, los puso suela con suela, y entró con ellos en la mezquita.

Surgió una discusión entre un grupo de hombres piadosos y meritorios, que estaban sentados a la puerta, sobre cuál de aquellos dos era mejor. “¿Si uno entra descalzo en la mezquita, no es mejor dejar los zapatos afuera?” preguntó uno. “¿Pero no deberíamos considerar”, dijo otro, “que el hombre que llevó sus zapatos al interior de la mezquita hizo tal cosa para tener presente, al verlos, que se encontraba en un estado de verdadera humildad?”

Cuando los dos hombres salieron, terminadas sus plegarias, fueron interrogados separadamente por diferentes grupos de espectadores.

El primer hombre dijo: “Yo dejé mis zapatos afuera por la razón acostumbrada: Si alguien quisiera robarlos tendría entonces una oportunidad de resistir esa tentación, y de este modo adquirir méritos por sí mismo.” Los oyentes quedaron muy impresionados por la nobleza de pensamiento de un hombre que daba tan poca importancia a sus posesiones, como para estar gustosamente dispuesto a abandonarlas a la suerte que les tocara.

El segundo hombre, al mismo tiempo, estaba diciendo: “Llevé mis zapatos dentro de la mezquita, ya que de haberlos dejado afuera, alguien podría haber caído en la tentación de robarlos. Quienquiera que hubiera sucumbido a esta tentación, me hubiera hecho su cómplice en el pecado.” Los oyentes quedaron muy impresionados por este piadoso sentimiento, y admiraron el pensamiento lleno de sentido del sabio.

Pero otro hombre, un hombre de sabiduría, que estaba presente, exclamó: ”Mientras vosotros dos y vuestros seguidores se gratificaban con sus admirables sentimientos ejercitándose con una serie de hipotéticas circunstancias, ciertas cosas reales han estado sucediendo.”

“¿Cuáles fueron estas cosas?” preguntó la multitud.

“De nadie puede decirse que fue tentado...ni que no fue tentado. El pecador hipotético no pasó por allí. En lugar de eso, otro hombre, que no tenía zapatos para llevarlos dentro o dejarlos fuera, entró en la mezquita. Nadie notó su conducta. No fue consciente del efecto que podría estar causando sobre aquellos que lo veían como tampoco sobre aquellos que no lo veían. Pero debido a su real sinceridad, sus plegarias de hoy en esta mezquita ayudaron, de la manera más directa posible, a todos los ladrones potenciales que hubiesen o no robado zapatos, o que se hubiesen reformado al estar expuestos a la tentación.”

“¿No veis aún que el sólo practicar una conducta de conciencia de sí mismo, por más excelente que sea en su propio terreno, es en realidad una cosa pálida, comparada con el conocimiento de que existen verdaderos hombres de sabiduría?”


Este cuento de las enseñanzas de la Orden Khilwati (“reclusos”) fundada por Omar Khilwati, muerto en el año 1397, es citado a menudo. El argumento, común entre los derviches, insiste en que aquellos que han desarrollado ciertas cualidades interiores tienen un efecto mucho más grande sobre la sociedad que aquellos que tratan de actuar basándose solamente sobre principios morales. Los primeros son llamados: “Los verdaderos hombres de acción”, y los otros: “Aquellos que no conocen pero que se conducen como si conocieran.”


TOMADO DEL LIBRO CUENTOS DE LOS DERVICHES DE IDRIES SHAH ED. PAIDOS ORIENTALIA 1989 PAGS. 86 - 87



sábado, 4 de octubre de 2008

Pinochet (ni) al revés






















EL GOLPE AL EXCÉLSIOR SI HUBIÉRAMOS... «CARAJO, JULIO, NOS FUIMOS MUY PRONTO DE LAS OFICINAS», DIJO VICENTE LEÑERO A JULIO SCHERER. SE REFERÍA AL DÍA EN QUE DE FORMA VIOLENTA, ESBIRROS DEL GOBIERNO LOS DESALOJARON DEL EXCÉLSIOR EL 8 DEJULIO DE1976. «ALGÚN DÍA VOY A ESCRIBIR SOBRE LO QUE HABRÍA PASADO SI NOS HUBIÉRAMOS QUEDADO», PROMETIÓ LEÑERO, AUTOR DE LOS PERIODISTAS, LA NOVELA QUE REGISTRA ESOS HECHOS. A TREINTA AÑOS DEL GOLPE A EXCÉLSIOR, EN EXCLUSIVA PARA CHILANGO, VICENTE LEÑERO CUMPLE SU PROMESA...Y REESCRIBE ESA FECHA FUNESTA EN NUESTRA HISTORIA. POR: VICENTE LEÑERO Advertencia del autor: Esta es una variante imaginaria (en cursivas) del capítulo Ocho, Segunda Parte, de Los Periodistas (Editorial Joaquín Mortiz, 1978), páginas 221 a 223.
8/7/76 LA COMISIÓN SE RETIRÓ. NOS DABAN QUINCE MINUTOS PARA ABANDONAR EL PERIÓDICO O SUFRIR EL ENFRENTAMIENTO.


Se anunció que una comisión de reginistas pedía hablar con el director para informarle oficialmente de los acuerdos tomados en la (amañada) asamblea: se había suspendido al director, al gerente y a los cinco (Arturo Sánchez Aussenac, Leopoldo Gutiérrez, Ángel Trinidad Ferreira, Jorge Villalobos y Arnulfo Uzeta, acusados absurdamente de gangsterismo y pistolerismo por oponerse a las maniobras del grupo reginista, diez días antes), y se había encomendado al consejo de administración asumir el manejo del periódico, dado lo cual se pedía a las autoridades removidas desocupar las instalaciones; de no hacerlo se les haría responsables de lo que pudiera ocurrir.
Víctor Payán encabezaba la comisión reginista:
-El periódico debe salir, Julio. Yo lo siento mucho pero así es, no hagan más difíciles las cosas.
-Por las buenas.
La comisión se retiró. Nos daban quince minutos para abandonar el periódico o sufrir el enfrentamiento.
-No nos vamos, Julio, no nos vamos - decían Bambi y María Idalia.
El jefe de linotipos Carlos Gavidia acrecentó el desconcierto:
-Yo vengo por hueso para linotipos, don Julio. El periódico tiene que salir. Necesito material.
-El periódico tiene que salir.
-Si nos vamos no regresamos nunca.
-Puede haber muertos.
-Perderemos el periódico para siempre don Julio.
Ya lo perdimos no tiene caso cada quien haga lo que quiera acaban de entrar en la redacción vámonos señor director don Hero vámonos es inútil.
-No don Julio, no don Hero, no se vayan - suplicaba llorando Reynaldo Hernández, ayudante de Revista de Revistas.
Miguel Ángel Granados alzó la voz, y aunque muchos no alcanzaban a verlo, oculto por la multitud que abarrotaba la oficina de la dirección, todos lo escucharon:
-Un enfrentamiento tendrá consecuencias trágicas y nada ganaremos porque no podremos hacer el periódico ni mantenernos acuartelados por mucho tiempo. Yo pienso que debemos salir ahora dignamente, pero ésa es una decisión y una responsabilidad personales. Yo asumo la mía y me voy:
-Vámonos

DURANTE MINUTOS ETERNOS, UN GRUPO DE FIELES A JULIO NOS MANTUVIMOS ATRINCHERADOS EN SU DESPACHO.
Yo asumo la mía y me voy vámonos. Yo asumo la mía y me voy vámonos. Yo asumo la mía/
- iNo nos vamos! -exclamó Julio.
- ¡No nos vamos y háganle como quieran! -repitió a gritos Manuel Becerra Acosta cuando Víctor Payán regresó al despacho de la dirección para exigimos de nuevo que abandonáramos el edificio porque ya se había concluido el plazo.
De comedida y pacifista, la actitud de Payán se había transformado en beligerante. Se advertía colérico, y eso atemorizó a muchos de los que nos apiñábamos ahí. Era evidente que los reginistas se hallaban dispuestos a consumar el golpe por la fuerza. Sus agentes policiales, sus represores a sueldo disfrazados de cooperativistas con esos ridículos sombreros de soyate que habían convertido en "la indiada" a los reprimidos por "el imperio de la dirección", empezaban a volverse tangibles en la sala de reporteros, en los pasillos, en los rincones, en las escaleras que descendían al segundo piso y a la planta baja.
Hero hijo se asomó por la antesala y descubrió a varios gorilas empistolados. Ya no ocultaban sus armas; algunos las empuñaban al aire, ostensiblemente, mientras se movían de un lado a otro, como al acecho, entre reporteros, colaboradores y empleados de administración que habían participado, una hora antes, en nuestra segunda asamblea celebrada en la redacción para impugnar la espuria de los reginistas. El estado de cosas se volvía poco a poco aterrador. Nubes negras, henchidas, a punto de tormenta. Bomba de tiempo. Conflagración inminente.
Durante minutos eternos, un grupo de fieles a Julio nos mantuvimos atrincherados en su despacho, en la antesala, en el área de la subdirección. Otros lo hacían en la gerencia del segundo piso adonde había regresado Hero Rodríguez Toro para enfatizar su decisión de mantenerse en el periódico, en su puesto.
-Estos cabrones van en serio-dijo Becerra Acosta a Julio, y Julio se tensó el cabello, oprimió los puños.
-No tardan en comenzar los chingadazos -dijo Samuel del Villar.
-Pues a ver de a cómo nos tocan -se envalentonó Manuel Sandoval.
Pedro Álvarez del Villar fue a auscultar el área de talleres -nos dijo-- para averiguar qué estaba pasando allá. No volvió. Desde el despacho de Julio escuchamos los primeros ruidos secos, lejanos, como cohetes. Eran disparos. Uno. . .dos... tres, cuatro. Los agentes disfrazados de indiada empezaron a cumplir sus órdenes.
El pánico se desfloró como un avispero. Nuestros compañeros corrían por la redacción, huían por las escaleras, se ocultaban en las oficinas.
-iEstán disparando!
-¡Ya vienen para acá!
Gritos, empellones, macanazos contra quienes interrumpían el paso de los sombrerudos. Más disparos: algunos al aire, otros que se estrellaban en las paredes y uno que perforó el muslo del reportero Federico Gómez Pombo, según me dijo después Carlos Marín, que lo vio todo. El rumor de gritos y de carreras parecía el oleaje de un mar embravecido. No todos conseguían ponerse a salvo en su estampida; algunos enfrentaron a los sombrerudos a punta de empellones, otros se escudaban con las sillas giratorias de la sala de redacción y las sacudían contra sus atacantes. Lanzada con fuerza por Pepe Reveles, una máquina de escribir voló por el aire y cayó sobre un gorila que disparaba.
Cuando me sentí empellado hacia fuera de la antesala de Julio, por una instintiva reacción de pánico de quienes estaban detrás, alcancé a ver al grupo que formaban María Idalia, Bambi, Laura Medina y Maruxa Vilalta corriendo por las escaleras hacia el segundo piso. Tropezaban, caían, gritaban. Gastón García Cantú y Abel Quezada ya habían logrado llegar a la planta baja y salir a la calle, mientras dos inmensos gorilas, subiendo a zancadas, tundían a golpes a Rafael Rodríguez Castañeda, a Manuel Pérez Rocha, a don Abraham López Lara que nunca se repuso de la tranquiza recibida. Ví también el momento en que la cámara del fotógrafo Aarón Sánchez se estrelló, desbaratada, a las puertas del elevador, y alcancé a distinguir el momento en que cuatro agentes armados de pistolas y macanas, a quienes Manuel Camín instruía con gestos y ademanes desde una columna rinconera, irrumpían en la dirección.
Yo me había agarrado al barandal de la escalera, esquivando a los sombrerudos que trepaban de dos en dos los escalones, cuando un terrible manotazo en el cuello me hizo perder el equilibrio. Escuché un disparo, un grito a mis espaldas, y rodé por los peldaños porque no alcancé a detenerme de Enrique Rubio que bajaba por delante. Un pisotón. A la altura de la sien derecha mi cabeza chocó en el filoso ángulo de granito y perdí el conocimiento. Lo último que recuerdo fue el dolor: como si me hubieran clavado un punzón hasta el cerebro.
Luego supe que después de una breve e intensa zacapela ocurrida en la oficina de la dirección -en la que resultaron heridos Samuel del Villar y el corresponsal costarricense Armando Vargas - Ios gorilas ensombrerados se identificaron como agentes de la judicial y detuvieron a Julio Scherer:su único objetivo, su única presa. Lo llevaron a la Procuraduría del Distrito Federal.
Supe también que nuestro gerente, Hero Rodríguez Toro, sufrió un infarto poco antes de que allanaron su oficina, y su hijo Hero y su secretaria Marta Sánchez lo trasladaron al hospital ABC.
Además de los golpeados y heridos de bala -unos treinta heridos del grupo de Scherer, quizá más- se contabilizaron cinco muertos -fueron quince oficialmente--. Uno de ellos: nuestro compañero Pedro Álvarez del Villar, asesor de la dirección y de la gerencia, quien en el área de talleres fue golpeado en la cabeza con una herramienta de trabajo por un prensista de los rijosos de Regino. Según Zabludovsky, el prensista accionó en defensa propia cuando Álvarez del Villar y otros schereristas intentaron apoderarse por la fuerza del área de máquinas.
Desperté de mi conmoción, una hora después, en el auto de Adolfo Aguilar y Quevedo, estacionado en la lateral de Reforma. Un chofer de traje gris encendió el motor y abandonamos el sitio sorteando a los curiosos que se arremolinaban frente al edificio de Excélsior. Me punzaba la cabeza pero estaba consciente de nuevo.
En el noticiario 24 Horas de esa noche, Jacobo Zabludovsky -servil a Echeverria como a todos los presidentes priistas que vinieron después- deformó los hechos siguiendo su costumbre. Dijo que el zafarrancho ocurrido en Excélsior, después de una asamblea de los cooperativistas celebrada «en absoluto orden y en cabal cumplimiento de los estatutos»fue provocado por los miembros del grupo de Julio Scherer, «descontentos porque su director y su gerente habían sido destituidos». Eran los schereristas los que estaban armados y los que cometieron los asesinatos y el desorden. En la oficina de la dirección general-mintió Zabludovsky-- se encontraron dos cajas de armas de fuego que fueron distribuidas entre los rebeldes que provienen -de acuerdo con las primeras investigaciones de la Procuraduría- del ejército sandinista de Nicaragua «con quien Scherer tenía nexos». Zabludovsky celebró la detención de Julio que ha puesto punto final-dijo el locutor- «a una
era de periodismo amarillo y desestabilizador de nuestra democracia».


EL PÁNICO SE DESFLORÓ COMO UN AVISPERO. NUESTROS COMPAÑEROS CORRÍAN POR LA REDACCIÓN, HUÍAN POR LAS ESCALERAS, SE OCULTABAN EN LAS OFICINAS.
En el mismo programa de24 Horas, Ricardo Rocha -el joven y trepador reportero a quien Zabludovsky encomendó la difamación de Excélsior en el asunto de Paseos de Taxqueña- entrevistó al nuevo director Regino Díaz Redondo. Regino lamentó los hechos, las muertes, los heridos, "pero ya todo está en calma -sonrió--. Rescatamos el periódico y hoy empieza una nueva Época en Excélsior al servicio de la verdad y del país".
Como bien dijo Manuel Becerra Acosta, el golpe nos hizo talco. Pese a nuestras denuncias, a nuestras manifestaciones en público, a las crónicas que se publicaron en el extranjero sobre lo ocurrido el ocho de julio -las más exactas y severas fueron las de Alan Riding en el New York Times-, nuestra protesta y nuestra furia terminaron acalladas por el silencio criminal de la prensa mexicana y por el golpeteo implacable de Televisa y Zabludovsky. Desde la cárcel, Julio Scherer trató de mantenemos unidos, de planear con nosotros una revista que se llamaría Proceso -nombre propuesto por Enrique Maza-, pero que nunca terminamos de organizar, huérfanos como estábamos de la presencia tangible de nuestro director.
Hero Rodríguez Toro falleció a consecuencia del infarto sufrido en su oficina. Manuel Becerra Acosta se fue a vivir a España. Miguel Ángel Granados Chapa aceptó dirigir Radio Educación. Samuel del Villar ingresó al despacho de Jorge Barrera Graf. La mayor parte de los reporteros se fueron dispersando y diluyendo, poco a poco, en otros diarios, en otras publicaciones. Era una verdad irrebatible que Julio Scherer padecía injustamente los cargos de sedición con que lo acusaban, pero todos los intentos legales para sacarlo de la cárcel se convertían en una maraña burocrática de aplazamientos absurdos, de gestiones inútiles, de complicidades políticas. Ni su primo lejano, el nuevo presidente López Portillo, hacía nada para contrariar lo que parecía un capricho cruel, una venganza artera del ex mandatario Echeverría. Cada vez que la prensa internacional clamaba en contra del encarcelamiento del periodista, Zabludovsky atizaba el fuego anti Scherer y nuestros colegas de la prensa mexicana lo secundaban con el silencio cómplice o con diatribas sutiles que hacían de Julio un "comunista confeso al servicio de Fidel Castro y de la guerrilla sandinista".






















La verdad terminó sepultada en el Iodo. El país comenzó a pensar en otros problemas.
Cuando Julio Scherer salió por fin de su encarcelamiento -que se publicitó como un gesto magnánimo de López Portillo en su primer trimestre de gobierno ya nadie tenía fresco el golpe del ocho de julio. Fue noticia de primera plana, desde luego, pero ninguno de los reporteros buitres de El Universal, del Novedades, de El Heraldo, consiguió de Julio una entrevista, una declaración de banqueta, un gesto acusador. Se fue directo a su casa de Gabriel Mancera y allí lo acompañamos algunos seguidores en lo que fue una noche memorable. Se volvió a hablar del proyecto Proceso, se hicieron vagos planes de compactarnos de nuevo, pero todo se quedó en eso, en planes, en calenturas de desquite, en ansias de reinventar aquel periodismo histórico.
No necesitó pasar mucho tiempo. Al día siguiente, Julio se dio cuenta de que estaba completamente solo.
Miguel Ángel Granados alzó la voz, y aunque muchos no alcanzaban a verlo, oculto por la multitud que abarrotaba la oficina de la dirección, todos lo escucharon:
-Un enfrentamiento tendrá consecuencias trágicas y nada ganaremos porque no podremos hacer el periódico ni mantenemos acuartelados por mucho tiempo. Yo pienso que debemos salir ahora dignamente, pero ésa es una decisión y una responsabilidad personales. Yo asumo la mía y me voy.
-Vámonos.
-Yo quiero salir de tu brazo, Julio -dijo Abel Quezada.
-Del brazo tuyo y del brazo de Gastón y del brazo del licenciado Granados y del brazo de Hero y del brazo de todos. Salgamos todos juntos -dijo Julio Scherer encaminándose a la puerta de la oficina.
Al llegar a las escaleras repletas de ensombrerados y escuchar los primeros ¡fuera! ¡fuera! ¡fuera!, nuestra respuesta fue unánime: ¡Sche-rer Excél-sior! ¡Sche-rer Excél-sior! Bajamos gritando sin mirar a quienes nos miraban. No sentíamos el peso del cuerpo. Nuestras piernas de hilacho parecían caer sobre escaleras de arenas movedizas y los muros, la gente, las puertas del edificio, la calle, el tránsito, la banqueta familiar, los establecimientos de todos los días se desenfocaron como si la cámara de Televisa apuntada contra el grupo compacto que abandonaba el periódico sustituyera nuestra mirada dando únicamente foco a las figuras próximas y negándose al big long shot de aquel insólito desfile por la acera oriente del Paseo de la Reforma entre el asombro de los transeúntes borrosos, dejando atrás las oficinas de Iberia, el estacionamiento al aire libre, el restorán La Calesa, deteniendo el tránsito de Donato Guerra y desmadejándose en la segunda cuadra para volverse de nuevo un grupo compacto en la esquina con avenida Morelos. ¡Sche-rer Excél-sior! ¡Sche-rer Excél-sior! Entre el asombro de automovilistas y andantes vueltos hacia ese grupo de tipos, quién sabe qué ocurre. Justo al salir del edificio un reportero fuera de foco trató de entrevistar a Miguel Ángel Granados quien lo apartó con una exclamación tronante: ¡Es un golpe del fascismo! Reporteros de otros diarios que jamás se preocuparon por Excélsior eran rechazados por el director general. Julio Scherer caminaba en la punta con Abel Quezada a su derecha, Gastón García Cantú a la izquierda y detrás Armando Vargas, Amulfo Uzeta, Jorge Villa caminando como disparados, dueños de una acera, sin rumbo ya; cien periodistas caminando detrás de Julio Scherer hasta la esquina con Morelos. Lloraban Jorge Ramírez de Aguilar, el grandote Ramón Márquez, el güero Manuel Arvizu, Marta Sánchez. Se conformaban grupos para abrazar al gerente y al director. Se acercaban amigos, curiosos, lectores de Excélsior.¿Pero qué pasó? ¿Cómo estuvo? , preguntó Francisco Zendejas. Media hora estacionados en la vía pública sin saber qué hacer ni a dónde ir. No nos separemos, fue la consigna.
Lo demás es historia.

CUANDO JULIO SCHERER SALIÓ POR FIN DE SU ENCARCELAMIENTO -QUE SE PUBLICITÓ COMO UN GESTO MAGNÁNIMO DE LÓPEZ PORTILLO EN SU PRIMER TRIMESTRE DE GOBIERNO- YA NADIE TENÍA FRESCO EL GOLPE DEL OCHO DE JULIO.
A las pocas semanas de que el grupo de Julio Scherer García salió de Excélsior-tras el golpe de Echeverría que instrumentó Regino Díaz Redondo- se me ocurrió componer, con todo y música, uno de esos corridos al estilo de nuestro folclor popular sobre la tragedia del periódico. Así como se narran brevemente los avatares de ídolos o personajes históricos, así intenté yo contar y cantar lo que era, según pensábamos, una desgracia para el periodismo del país.
Una mañana, antes de las reuniones que a diario teníamos en la casa de distintos compañeros, donde fraguábamos planes, donde empezábamos a bosquejar lo que sería la revista Proceso, les canté quedito mi corrido a Julio y a Miguel Ángel Granados Chapa. Tenía la intención de llevárselo a Óscar Chávez -famoso por sus canciones de protesta- para que lo cantara, a manera de denuncia, en aquellos shows que presentaba en La Edad de Oro.
-No lo va a cantar -me dijo Julio.
-¿Por qué?
-No lo va a cantar.
Me topé con Óscar Chávez en los estudios Churubusco. Le entregué las páginas donde había escrito la letra del corrido.
-Seguro que lo canto -prometió-, pero déjame que yo le ponga la música.
No volví a saber de Óscar Chávez en tres meses. A finales de octubre del 76, Miguel Ángel Granados, Roberto Galindo, Carlos Marín y yo nos apersonamos en la Edad de Oro para reír con el show político del cantante.
En un intermedio, Óscar Chávez fue a sentarse a nuestra mesa. Carlos Marín le preguntó por el corrido de Excélsior.
-Mis compañeros no me dejaron ---se disculpó-. Tienen miedo de que les apliquen la ley del hielo en los periódicos, como represalia. De todos modos lo voy a grabar en un disco, por mi cuenta. Yo no me asusto.
Tenía razón Julio, pensé. Y adiós: hasta perdí mi texto original, olvidé la tonadita.
Dos años más tarde, en 1978, escribí y publiqué en Joaquín Mortiz Los periodistas. Andaba yo por la Gandhi cuando me encontré una tarde con Óscar Chávez. Nos saludamos como siempre, y cuando estaba apunto de despedirme, me detuvo.
-Espérate.
Metió su derecha en el bolsillo de la chamarra y extrajo un caset, de aquellos de cinta, de la marca Ampex 370.
-Aquí está el corrido -dijo-, cantado por mí y con música mía.
Para que veas que no se me olvidó. Pienso incluido en mi próximo disco.
Nunca lo incluyó, nunca lo cantó en público, pero me emocionó el detalle. Aún conservo ese único caset, aunque está un poco deteriorado: se atora a cada rato en el rewind.
Publico por primera vez la letra del corrido. Es chafón, pero traduce bien el estado de ánimo con el que vivíamos después del golpe a Excélsior hace treinta años.
EL GOLPE, ANTES QUE MATAR, INYECTÓ VIDA
E18 de julio de 1976 marcó para siempre la vida periodística de México. El apogeo del periódico Excélsior contrastaba ese día con sus páginas centrales. En las que se anunciaba la destitución inminente de su director. Julio Scherer García. quien lo dirigía desde 1968. Se le acusaba. entre otras cosas. de un supuesto mal manejo de 14 millones de pesos extraídos de las arcas de la cooperativa del diario. Sin embargo. el trasfondo de la destitución fue otro: el golpe al más importante medio periodístico mexicano de entonces surgió desde la presidencia de Luis Echeverría Álvarez.
Junto con Julio Scherer salieron. En medio de una violenta sesión de la cooperativa que hasta 2006 gobernó el diario. un nutrido grupo de periodistas. En unos cuantos meses. y gracias a la solidaridad de lo sociedad. Scherer pudo fundar. Junto con Vicente Leñero y otros el semanario Proceso, que durante años fue una de las pocas voces que incomodaban al poder totalitario de los presidentes priistas. De ese golpe nacieron además el diario Unomasuno, presidido por el revolucionario Manuel Becerra Acosta, y Vuelta, el mensual dirigido por Octavio Paz. Luego. del Unomasuno saldrían muchos de los que fundaron La Jornada, y de Vuelta surgiría Letras Libres. Por tanto, los medios independientes de hoy deben mucho a quienes en torno a Julio Scherer, Becerra Acosta y Paz criticaron a Echeverría, López Portillo, De la Madrid y Salinas de Gortari.


















EL CORRIDO DE EXCÉLSIOR

JULIO DEL SETENTA Y SEIS
Julio del setenta y seis,
lo que les cuento pasó:
se acabó con el Excélsior,
la libertad de expresión.
Era el periódico Excélsior,
la única prensa decente,
la única voz disidente
de este país dependiente.
Con don Julio y con don Hero
se puso a prueba la crítica,
la apertura democrática,
la disidencia política.
Con libertad absoluta
sus escritores juzgaban;
las noticias denunciaban
lo que otros disimulaban.
No aguantó nuestro gobierno
oír tantas claridades,
las diarias calamidades
de purititas verdades.
Julio del setenta y seis,
lo que les cuento pasó:
se acabó con el Excélsior,
la libertad de expresión.
Y contra Excélsior ,lanzó
con vanidad resentida,
toda su rabia escondida,
toda su fuerza homicida.
Se valió de los traidores,
del ambicioso Regino,
de Zavala y Juventino
y el grupo de Bernardino.

Les ofrecieron la fama,
con dinero los compraron,
con drogas los azuzaron,
con embutes los castraron,
Toda la prensa vendida
al ataque se sumó,
y al Excélsior calumnió.
¡claro!, la televisión.
Julio del setenta y seis,
lo que les cuento pasó:
se acabó con el Excélsior
la libertad de expresión.
En una falsa asamblea,
con porros pa los trancazos,
a gritos y sombrerazos
ahí nos hicieron pedazos.
Era imposible oponer
la razón a la violencia,
la verdad a la inconsciencia
la decencia a la indecencia.
Sólo la prensa extranjera
dijo con gran osadía
que el golpe a Scherer García
fue de Luis Echeverría.
El Excélsior ,que hay ahora.
nadie se engañe, señores,
es un diario de traidores,
de arribistas y esquiroles.
Julio del setenta y seis,
lo que les cuento pasó:
se acabó con el Excélsior
la libertad de expresión.